Él era el Rey del egoísmo y ella la princesa de la inocencia.
Vivían separados, en mundos totalmente diferentes, y ninguno de los dos tenía idea lo que escondía el otro reino. Pero en un momento la historia decidió que debían ser protagonistas de un cambio, interno y externo... cambios que abarcaban esos dos reinos tan diferentes... la historia quizo mezclarlos, sin pensar que aquella mezcla en realidad no lograría cambiar lo escencial.
Además de las diferencias se supone que una princesa jamás se enamoraría de un rey, sino de un príncipe, pero la historia también decidió cambiar eso, y Lady Dark comenzó a vivir por y para el Rey Juan Carlos, aunque para este esa vida dedicada a él no era nada.
Los mundos se mezclaron y la inocencia se fue manchando, pero tranformándose en coraje; mientras que el egoísmo por momentos parecía contagiarse de un poco de ternura e inocencia del reino de la princesa.
Pasaban los días, los meses e incluso pasaron años. El egoísmo seguía reinando, mientras que la inocencia se debilitaba cada vez más y parecía sucumbir ante una especie de guerra contra el Rey Juan Carlos. Ese Rey que solo quería más dominio y era capaz de actuar y mentir hasta que Lady Dark deje de ser... hasta que sea una extensión de él, una sombra, y desaparezca el reino de la inocencia.
Ella, con el corazón del lado del Rey y la razón del lado del reino al que pertenecía, moría de a poco, ante destratos, humillaciones e ignorancias del egoísmo, que utilizaba como una especie de bomba atómica en esta guerra que había comenzado como romance.
Pronto, Juan Carlos y todo su poder, ese que parece que siempre es más fuerte cuando viene de lo malo, lograron ganarle a la princesa, y este Rey siguió sentado en su trono con el mundo a sus pies.
Lady Dark ya no era una princesa, pero, aunque con su mundo derrumbado, no pasó a ser parte del egoísmo.




